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Teología y misticismo

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Teología y misticismo
 Una tarde que amenazaba lluvia, regresaba a casa con mi hijo Gabriel que tenía 5 años. Al pie del edificio de departamentos donde vivíamos nos encontramos con una amiga que trabajaba haciendo Feng Shui. Ella me saludó muy calurosamente y besó a mi hijo con entusiasmo, comentando lo mucho que había crecido. Como estaba solamente de paso, me dijo que sería un gran placer hablar conmigo nuevamente en otra ocasión.

-Como antes-, me dijo. -De teología y misticismo-.

-Encantado-, le contesté. -Cuando quieras nos puedes visitar.

Nos despedimos rápidamente y con mi pequeño subimos al tercer piso del edificio. Al rato me puse a preparar un café expreso para mí y una taza de chocolate para él, cuando de pronto vino la esperada pregunta.

-Papi, ¿qué es teología y misticismo?-.

Debo decir, en honor a la verdad, que no estaba de ánimos para una conversación de ese nivel y le solté una clásica respuesta.

-Cosas de grandes, hijo-.

Gabriel me miró con cara de decepción y preguntó con cierta timidez.

-¿Es sexo?

Sacado del libro 
Los Niños Índigo tienen padres colorados
de Santiago Andrade Léon

Ya estás sano

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T
emerosos por la vida de nuestro hermano, decidimos ir en búsqueda de un anciano que, según sabíamos, tenía la medicina que necesitábamos. Nos habían contado que vivía en las alturas de un cerro sagrado para los indios quichuas del alto Cotacachi, cerca de una Laguna Sagrada, en el Ecuador.

La luna completamente llena sobre nuestras cabezas, hacía que todo brillara como plata. Al llegar a su choza, nos recibieron los aullidos de los perros y una espesa neblina que apareció de pronto. El anciano, incalculable en su edad, se mostró amable pero serio. Nos preguntó qué fue lo que nos motivó para llegar hasta él.

Le expliqué que buscábamos su medicina y su manera de curar, pues nuestro hermano lo precisaba. Le entregamos tabaco como ofrenda para su altar y aceptó.

El anciano se sentó y comenzó a cantar y a fumar, rezando por la limpieza y la sanación del cuerpo y el alma del enfermo. Un momento después detuvo su canto, y dando grandes bocanadas de humo, habló:

-El otro día vino un hombre muy enfermo. Nos contó que era su último intento de ponerse bien, porque los médicos le habían desahuciado. Él quería estar sano y dijo que yo era su último recurso. Yo le miré y le acepté tabaco. Toda la noche rezamos, tomamos medicina, le soplamos en todo el cuerpo el humo de este tabaco, y también aguardiente para levantar su sombra-.

-Luego le chupamos en la frente. Negro vomitamos. Limpia quedó la cabecita. Al otro día le cantamos y le rezamos, le chupamos en el pecho. Negro volvimos a vomitar, negro estaba su corazón. Limpiecito le dejamos todo el pecho. Al tercer día le cantamos, rezamos y le chupamos la barriga. Negro volvimos a vomitar y su vida quedó limpiecita-.

-Al terminar todo le dije: “Ya estás sano”-.

El abuelo hizo una pausa y continuó:

-Y sanito, sanito, al otro día se murió.

Sacado del Libro “Historias de Chamanes”
de Santiago Andrade León