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Acerca de sietedirecciones

Santiago Andrade León nació en Ibarra, provincia de Imbabura, Ecuador en 1971. Es Hombre de Medicina gracias a la herencia de su familia, que ha trabajado cuidando y levantando los ritos originarios de los pueblos nativos de américa. Es Jefe de las Danzas Originarias que su pueblo cuida y preserva y Líder de los Sagrados Ritos de Búsqueda de Visión y Ayuno en la Montaña. Su camino le ha llevado a muchos partes del mundo a brindar su conocimiento, su medicina y a llevar la voz de su pueblo a las cuatro direcciones. Su tarea, conjuntamente con su pueblo, se ha centrado en legalizar las formas ancestrales de medicina y el reconocimiento de este camino espiritual como una opción de bienestar y crecimiento para nuestra humanidad.

El Contrario. Primer Capítulo.

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1

El comienzo

 

 

La vida le sobrevino y Cabeza de Muerto comenzó a caer en un letargo parecido a la inexistencia. Todo se transformó en oscuridad, volvió a percibir la densidad de su materia, se sintió bien. En su memoria no había recuerdos tristes y una paz inmensa le bañaba como agua tibia de flores. Abrió los ojos y se vio amortajado, la vestidura era vieja y estaba podrida. Con un solo movimiento todo el sudario se rompió y sus manos quedaron libres. Ahora las podía mirar y saber que eran suyas, pero no eran ni la sombra de lo que fue su cuerpo la última vez que vino a la tierra. Echó un vistazo a sus despojos y vio la decadencia, le faltaban algunos pedazos, los pocos huesos que le quedaban estaban carcomidos, casi no había carne en ningún lado y su cara era una calavera sonriente envuelta en una máscara de cuatro caras que parecía haberse conservado intacta. Miró el pequeño cuarto en que estaba y lo encontró familiar y agradable. En el piso se hallaban unas vasijas de barro con maíz y hojas de coca, unos cuencos de oro que tenían en el fondo restos secos de chicha y tabaco, y unos aljibes con agua pura de manantial que extrañamente no se había evaporado. Arrimadas a una de las paredes de la tumba estaban las flechas con punta de obsidiana y astil de caoba, el arco de guayacán negro con el que había cazado tiempo atrás, y el carcaj de piel de jaguar. De las paredes pendían coronas de plumas, pectorales de oro y ofrendas hechas con animales disecados rellenos de su propia grasa. El piso completamente cubierto de Marco seco, una especie nativa de Artemisa. Se sintió fuerte, el Poder que circundaba dominó sus huesos y lo levantó.

Sabía el antiguo nombre de las cosas y las cosas le obedecían. Le dijo a la laja de granito negro que hacía de puerta en su tumba.

– ¡Vuela en mil pedazos!-, y la piedra se desmoronó ante sus ojos fundiéndose con el piso. Por esa brecha, Cabeza de Muerto vio el azul del cielo y respiró el frío aire de la Montaña Sagrada. La luz fue tan intensa que sus despojos se derritieron y se convirtieron en una especie de aceite, luego en agua pura. Inundó la habitación y comenzó a evaporarse. Se expandió como aire caliente y salió lentamente de su sepulcro dejando sus antiguas posesiones intactas en la cueva.

Lo primero que vio fue un risco escarlata que se alzaba abruptamente sobre la arenisca color sangre también. La tierra que miraba no le era familiar aunque la reconocía. Un rayo de sol rasgó las nubes iluminando la gran roca granate que parecía encenderse. En la tierra amanecía y todo se transformaba en luz. Cabeza de Muerto entonces se volvió a hacer. Se imaginó con cuerpo y lo nombró. De la nada todo se hizo y el cuerpo le obedeció. Sus pies tocaron tierra como si cayeran del cielo, pero no caían del cielo porque no venía de ningún lado.

Abrió los ojos en su nuevo cuerpo, giró su cabeza hacia su cueva y ordenó a la montaña tragársela, y la montaña se deslizó con suavidad hasta taponarla. Nombró el verdadero nombre del camino y la tierra se marcó al frente y a las espaldas de él, en miles de senderos transitados por miles de generaciones. Sin pensarlo dos veces Cabeza de Muerto tomó el camino que le conduciría hacia la voz que le había convocado nuevamente entre los humanos y avanzó.

Llamó al viento y éste sopló un viejo canto, uno que hablaba de tiempos remotos, que olía a fuego, que llamaba al agua y que levantaba el polvo de la tierra adelante y atrás.

 

Sacado de la Novela
El Contrario,
Ritos del Movimiento Antiguo.
de Santiago Andrade León
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Teología y misticismo

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Teología y misticismo
 Una tarde que amenazaba lluvia, regresaba a casa con mi hijo Gabriel que tenía 5 años. Al pie del edificio de departamentos donde vivíamos nos encontramos con una amiga que trabajaba haciendo Feng Shui. Ella me saludó muy calurosamente y besó a mi hijo con entusiasmo, comentando lo mucho que había crecido. Como estaba solamente de paso, me dijo que sería un gran placer hablar conmigo nuevamente en otra ocasión.

-Como antes-, me dijo. -De teología y misticismo-.

-Encantado-, le contesté. -Cuando quieras nos puedes visitar.

Nos despedimos rápidamente y con mi pequeño subimos al tercer piso del edificio. Al rato me puse a preparar un café expreso para mí y una taza de chocolate para él, cuando de pronto vino la esperada pregunta.

-Papi, ¿qué es teología y misticismo?-.

Debo decir, en honor a la verdad, que no estaba de ánimos para una conversación de ese nivel y le solté una clásica respuesta.

-Cosas de grandes, hijo-.

Gabriel me miró con cara de decepción y preguntó con cierta timidez.

-¿Es sexo?

Sacado del libro 
Los Niños Índigo tienen padres colorados
de Santiago Andrade Léon

Ya estás sano

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T
emerosos por la vida de nuestro hermano, decidimos ir en búsqueda de un anciano que, según sabíamos, tenía la medicina que necesitábamos. Nos habían contado que vivía en las alturas de un cerro sagrado para los indios quichuas del alto Cotacachi, cerca de una Laguna Sagrada, en el Ecuador.

La luna completamente llena sobre nuestras cabezas, hacía que todo brillara como plata. Al llegar a su choza, nos recibieron los aullidos de los perros y una espesa neblina que apareció de pronto. El anciano, incalculable en su edad, se mostró amable pero serio. Nos preguntó qué fue lo que nos motivó para llegar hasta él.

Le expliqué que buscábamos su medicina y su manera de curar, pues nuestro hermano lo precisaba. Le entregamos tabaco como ofrenda para su altar y aceptó.

El anciano se sentó y comenzó a cantar y a fumar, rezando por la limpieza y la sanación del cuerpo y el alma del enfermo. Un momento después detuvo su canto, y dando grandes bocanadas de humo, habló:

-El otro día vino un hombre muy enfermo. Nos contó que era su último intento de ponerse bien, porque los médicos le habían desahuciado. Él quería estar sano y dijo que yo era su último recurso. Yo le miré y le acepté tabaco. Toda la noche rezamos, tomamos medicina, le soplamos en todo el cuerpo el humo de este tabaco, y también aguardiente para levantar su sombra-.

-Luego le chupamos en la frente. Negro vomitamos. Limpia quedó la cabecita. Al otro día le cantamos y le rezamos, le chupamos en el pecho. Negro volvimos a vomitar, negro estaba su corazón. Limpiecito le dejamos todo el pecho. Al tercer día le cantamos, rezamos y le chupamos la barriga. Negro volvimos a vomitar y su vida quedó limpiecita-.

-Al terminar todo le dije: “Ya estás sano”-.

El abuelo hizo una pausa y continuó:

-Y sanito, sanito, al otro día se murió.

Sacado del Libro “Historias de Chamanes”
de Santiago Andrade León