Archivos Mensuales: octubre 2011

El Contrario. Primer Capítulo.

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El comienzo

 

 

La vida le sobrevino y Cabeza de Muerto comenzó a caer en un letargo parecido a la inexistencia. Todo se transformó en oscuridad, volvió a percibir la densidad de su materia, se sintió bien. En su memoria no había recuerdos tristes y una paz inmensa le bañaba como agua tibia de flores. Abrió los ojos y se vio amortajado, la vestidura era vieja y estaba podrida. Con un solo movimiento todo el sudario se rompió y sus manos quedaron libres. Ahora las podía mirar y saber que eran suyas, pero no eran ni la sombra de lo que fue su cuerpo la última vez que vino a la tierra. Echó un vistazo a sus despojos y vio la decadencia, le faltaban algunos pedazos, los pocos huesos que le quedaban estaban carcomidos, casi no había carne en ningún lado y su cara era una calavera sonriente envuelta en una máscara de cuatro caras que parecía haberse conservado intacta. Miró el pequeño cuarto en que estaba y lo encontró familiar y agradable. En el piso se hallaban unas vasijas de barro con maíz y hojas de coca, unos cuencos de oro que tenían en el fondo restos secos de chicha y tabaco, y unos aljibes con agua pura de manantial que extrañamente no se había evaporado. Arrimadas a una de las paredes de la tumba estaban las flechas con punta de obsidiana y astil de caoba, el arco de guayacán negro con el que había cazado tiempo atrás, y el carcaj de piel de jaguar. De las paredes pendían coronas de plumas, pectorales de oro y ofrendas hechas con animales disecados rellenos de su propia grasa. El piso completamente cubierto de Marco seco, una especie nativa de Artemisa. Se sintió fuerte, el Poder que circundaba dominó sus huesos y lo levantó.

Sabía el antiguo nombre de las cosas y las cosas le obedecían. Le dijo a la laja de granito negro que hacía de puerta en su tumba.

– ¡Vuela en mil pedazos!-, y la piedra se desmoronó ante sus ojos fundiéndose con el piso. Por esa brecha, Cabeza de Muerto vio el azul del cielo y respiró el frío aire de la Montaña Sagrada. La luz fue tan intensa que sus despojos se derritieron y se convirtieron en una especie de aceite, luego en agua pura. Inundó la habitación y comenzó a evaporarse. Se expandió como aire caliente y salió lentamente de su sepulcro dejando sus antiguas posesiones intactas en la cueva.

Lo primero que vio fue un risco escarlata que se alzaba abruptamente sobre la arenisca color sangre también. La tierra que miraba no le era familiar aunque la reconocía. Un rayo de sol rasgó las nubes iluminando la gran roca granate que parecía encenderse. En la tierra amanecía y todo se transformaba en luz. Cabeza de Muerto entonces se volvió a hacer. Se imaginó con cuerpo y lo nombró. De la nada todo se hizo y el cuerpo le obedeció. Sus pies tocaron tierra como si cayeran del cielo, pero no caían del cielo porque no venía de ningún lado.

Abrió los ojos en su nuevo cuerpo, giró su cabeza hacia su cueva y ordenó a la montaña tragársela, y la montaña se deslizó con suavidad hasta taponarla. Nombró el verdadero nombre del camino y la tierra se marcó al frente y a las espaldas de él, en miles de senderos transitados por miles de generaciones. Sin pensarlo dos veces Cabeza de Muerto tomó el camino que le conduciría hacia la voz que le había convocado nuevamente entre los humanos y avanzó.

Llamó al viento y éste sopló un viejo canto, uno que hablaba de tiempos remotos, que olía a fuego, que llamaba al agua y que levantaba el polvo de la tierra adelante y atrás.

 

Sacado de la Novela
El Contrario,
Ritos del Movimiento Antiguo.
de Santiago Andrade León
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